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Siempre es una aventura teclear una palabra y esperar que el reloj de arena
se detenga y nos envíe miles de respuestas. Estos textos e imágenes
son el resultado de esa búsqueda al azar. Luego nuestra mente asocia y
busca otros textos fuera de la biblioteca virtual, y entonces la mano se pasea
por los estantes y hace click y así se produce el encuentro. El viaje alrededor
de una palabra. Una palabra simple, original, elemental, perfecta, llena de posibilidades
y símbolos. Dicen que Picasso, todas las mañanas mientras
desayunaba dibujaba un huevo, seguramente el huevo que iría a comer, y
muchos estudiantes de Artes a los que su profesor les refería esta anécdota
se preguntaban ¿por qué? Él pensaba que dibujar un huevo
era un desafío, el mejor trabajo de observación y concentración. Y
encontramos esta frase en Carlos Castaneda: "Cuando un guerrero aprende
a ver, ve que un hombre, ya sea mendigo o rey es un huevo luminoso, y no hay manera
de cambiar nada; o mejor dicho, ¿Qué podría cambiarse en
ese huevo luminoso? ¿Qué? ". Y yo me pregunto ¿cuántas
cosas se han dicho, escrito, pintado en torno a nuestro ilustre invitado de hoy,
el huevo?. Y siguiendo el hilo aparecen textos como éste: "Y,
puesto que me estoy ocupando de mi infancia, aludiré a una manía
que me caracterizó cuando recorría aquel tramo de mi andanza existencial:
la de romper huevos. Así es, no podía ver un huevo sin romperlo.
Experimentaba un placer de pronunciado carácter estético cuando
lo veía estrellarse contra una pared, aunque lo que los demás consideraban
de aquel acto de desenfrenada extravagancia, era su posible esencia perversa o
su probable origen patológico. Ellos habían llegado a aceptar
con el más estrecho exclusivismo que un huevo sólo se puede cascar
sobre una sartén o después de pasarlo por agua. Yo me atenía
a un sentido de la libertad mucho más rico y creador que el que a ellos
los cohibía y limitaba. Eso explica que las hueveras fueran a ocupar los
estantes más altos de la alacena, aunque mi mano predadora solía
sorprenderlas a su alcance y entonces se desataba mi pasión oviclástica
con el consiguiente despilfarro de sustancias alimenticias y el estropicio ocasionado
por el salpicar y chorrear de claras y yemas por la pared de turno, que, como
las demás de la casa, habían sido preventivamente pintadas al óleo.
En un principio se me regañó, luego se me castigó, pero
como yo seguía rompiendo se decidió llevarme a la consulta de un
psiquiatra. Desgraciadamente, el hombre no me cayó bien o acaso mi reacción
fue producida por el hecho de que su cráneo obscenamente calvo presentara
una pronunciada forma ovoide, la verdad es que de entre los objetos que el psiquiatra
tenía sobre el escritorio elegí el que me pareció más
contundente: un gallo de bronce que cantaba sin duda al sol naciente, y se lo
asesté sobre la coronilla sin aviso previo. Horrorizados, mis padres me
arrastraron fuera del consultorio, mientras el psiquiatra, de rodillas sobre la
alfombra, nos ordenaba con índice perentorio que nos alejáramos
rápidamente de allí. Debo aclarar que los únicos huevos
contra cuya integridad no atentaba eran los de Pascua, sin duda debido a que sabía
que su contenido no pasaba de ser un puñadito de insignificantes confites,
de modo que mi madre se tomaba el trabajo de decorar con mazapán coloreado
los huevos de uso diario. Tampoco los de codorniz excitaban al cascador con el
cual compartía mi pellejo, eran como estrellas de octava magnitud. El tamaño
crítico eran los de ganso o de gallina. Pasada la adolescencia, aquella
propensión enigmática declinó hasta casi desaparecer. Hoy,
sólo de vez en cuando sucumbo a ella. Pero he descubierto que no es la
misma exactamente, carece de la pureza y espontaneidad de aquella; ahora no arrojo
más que huevos de avestruz, dos o tres por mes, pero el acto se ha contaminado
de sentido político, de intención sociológica. El huevo parece
ocupar en mi mano el lugar que ocupaba la bomba de dinamita en la de un anarquista.
Son los que se podría llamar huevos de ira. El blanco puede ser la puerta
de algún banco o la de la casa de algún político de esos
que se enriquecen robando hasta a sus propios correligionarios; pero repito que
no es lo mismo, y lo digo con la más sincera añoranza. Nada
es comparable con un huevo fresco de Orpington leonada, por ejemplo, que parece
puesto por la gallina con el fin específico de ser estrellado para dar
libertad a la hermosa flor amarilla que contiene. El encanto que eso tenía
para mí jamás estará al alcance de un entendimiento cualquiera,
el de un psiquiatra, por ejemplo, pues bien se sabe lo que piensan la mayoría
de los psiquiatras de los huevos. Basta considerar el hecho de que el lema de
su predilección es de que NO SE PUEDE HACER UNA TORTILLA SIN ROMPER
LOS HUEVOS. ¡Increíble! Era el lema de Freud. El desideratum
era para mi un hermoso huevo fresco, todavía tibio de la tibieza del nido
de la ponedora, a la cual, por supuesto, jamás hubiera aceptado cambiar
ni por la misma GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO, seguramente irrompibles." Fuente:
AYL - Artes y Letras
El rompe huevos, Eduardo Cevallos Y no pude dejar de incluir estos fragmentos,
extraídos de mi biblioteca: "De mañana en la cocina,
sobre la mesa, veo el huevo. Miro el huevo con una sola mirada. Inmediatamente
advierto que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo no permanece nunca
en el presente: apenas veo un huevo y ya se vuelve haber visto un huevo hace tres
milenios. En el preciso instante de verse el huevo éste, es el recuerdo
de un huevo. Solamente ve el huevo quien ya lo ha visto. Al ver el huevo es demasiado
tarde: huevo visto, huevo perdido. Ver el huevo es la promesa de llegar un día
a ver el huevo. Mirada corta e indivisible; si es que hay pensamiento; no hay;
hay huevo. Mirar es el instrumento necesario que, después de usado, tiraré.
Me quedaré con el huevo. El huevo no tiene un sí mismo. Individualmente
no existe. Ver el huevo es imposible: el huevo es supervisible como hay
sonidos supersónicos. Nadie es capaz de ver el huevo. El perro ve el huevo?.
Sólo las máquinas ven el huevo. La grúa ve el huevo. Cuando
yo era antigua, un huevo se posó en mi hombro. El amor por el huevo tampoco
se siente. El amor por el huevo es supersensible. Uno no sabe que ama al huevo.
Cuando yo era antigua fui depositaria del huevo y caminé suavemente para
no derramar el silencio del huevo. Cuando morí, me sacaron el huevo con
cuidado. Todavía estaba vivo. Sólo quien viera el mundo vería
el huevo. Como el mundo, el huevo es obvio. El huevo no existe más.
Como la luz de la estrella ya muerta, el huevo propiamente dicho no existe más.
Eres perfecto, huevo. Eres blanco. A ti te dedico el comienzo. A ti te dedico
la primera vez. 
Huevo es el alma de la gallina. La gallina torpe. El huevo exacto. La gallina
asustada. El huevo exacto. Como un proyectil detenido. Pues huevo es huevo en
el espacio. Huevo sobre azul. - Yo te amo, huevo. Te amo como una cosa que ni
siquiera sabe que ama a otra cosa.

Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir a la vida mundana,
y necesito de la yema y de la clara. - El huevo me ve. El huevo me idealiza? El
huevo me medita? No, el huevo tan sólo me ve. Está libre de la comprensión
que hiere. El huevo nunca luchó. Es un don. El huevo es invisible al ojo
desnudo. De huevo en huevo se llega a Dios que es invisible al ojo desnudo. -
El huevo tal vez habrá sido un triángulo que rodó tanto en
el espacio que se fue ovalando. El huevo es básicamente un jarro? Habrá
sido el primer jarro moldeado por los etruscos? No. El huevo es originario de
la Macedonia. Allá fue calculado, fruto de la más penosa espontaneidad.
En las arenas de la Macedonia, un hombre con una vara en la mano lo diseñó.
Y después lo apagó con el pie desnudo. Huevo es cosa que necesita
cuidarse. Por eso la gallina es el disfraz del huevo. Para que el huevo atraviese
los tiempos, la gallina existe. La madre es para eso. El huevo me vive huyendo
por estar siempre demasiado adelantado para su época. - El huevo por ahora
será siempre revolucionario.- Vive dentro de la gallina para que no lo
llamen blanco. El huevo es realmente blanco Pero no puedo ser llamado blanco.
Con
el tiempo el huevo se convirtió en un huevo de gallina. No lo es. Pero,
adoptado, le usa el apellido. - Se debe decir "el huevo de la gallina".
Si sólo se dice "el huevo", se agota el asunto y el mundo se
queda desnudo. En relación al huevo, el peligro es que se descubra lo que
se podría llamar belleza, es decir, su veracidad. La veracidad del huevo
no es verosímil. Si la descubrieran, pueden querer obligarlo a volverse
rectangular. El peligro no es para el huevo; él no se volvería rectangular.
(Nuestra garantía es que no puede; no puede, es la gran fuerza del huevo;
su grandiosidad viene de la grandeza de no poder, que se irradia como un no querer).
Pero quien luchase por convertirlo en rectangular, estaría perdiendo la
propia vida. El huevo nos pone, por lo tanto, en peligro. Nuestra ventaja es que
el huevo es invisible. Y en cuanto a los iniciados, los iniciados disfrazan el
huevo. 
Y la gallina? El huevo es el gran sacrificio de la gallina. El huevo es la cruz
que la gallina carga en la vida. El huevo es el sueño. Inalcanzable de
la gallina. La gallina ama al huevo. No sabe que existe el huevo. Si supiese que
tiene en sí misma un huevo. Se salvaría? Si supiese que tiene en
sí misma el huevo, perdería el estado de gallina. Ser una gallina
es la supervivencia de la gallina. Sobrevivir es la salvación.

La gallina vive como en sueño. No tiene sentido de la realidad. Todo el
susto de la gallina es porque está siempre interrumpiendo su devaneo. La
gallina es un gran sueño. - La gallina sufre de un mal desconocido. El
mal desconocido de la gallina es el huevo.

De repente miro el huevo en la cocina y sólo veo en él la comida.
No lo reconozco, y mi corazón late. La metamorfosis se está realizando
en mí: comienzo a no poder ver más el huevo. Fuera de cada huevo
particular, fuera de cada huevo que se come, el huevo no existe. Ya no consigo
más creer en un huevo. Estoy cada vez más sin fuerza para creer,
estoy muriendo, adiós, miré demasiado a un huevo y me fue adormeciendo....".
Fragmentos
extraídos de LA
LEGIÓN EXTRANJERA, Clarice Lispector, Monte Avila Editores. Y
otras huellas para seguir leyendo a Castaneda
Y una imagen de la pintora Leonara
Carrington para ilustrar esta nota Y la última frase en
torno al huevo, para seguir reflexionando y disfrutando: "El pájaro
rompe el cascarón, el huevo es el mundo, para nacer hay que romper un mundo"
Herman Hesse, Demián. |